Hogar en tránsito

Muchas mujeres trans compartimos un momento clave en nuestras historias que marca nuestras vidas para siempre: huir o ser expulsadas de nuestros hogares a temprana edad. Este suceso es el caldo de cultivo de muchas de las violencias que atravesamos después. En estas imágenes se muestra la dualidad entre el espacio que habitamos (un hotel, una pensión, un cuarto de azotea) y nuestro hogar más íntimo: nuestra corporalidad, siempre en construcción, señalada, violentada y la mayoría de las veces la razón por la cual nos discriminan.

Texto de la artista.

La razón principal de este proyecto es denunciar la falta de acceso al hogar para las mujeres trans en México. Muchas habitamos un hogar en tránsito: una habitación de hotel, un cuarto rentado en una pensión, en una vecindad, un albergue, muchas veces la calle o como es mi caso, una conserjería en una escuela primaria. El acceso a un techo ya es un tema bastante complejo para la población en general, pero para nosotras la situación se envuelve en una problemática más profunda. Muchas de nosotras huimos o somos corridas de nuestros espacios familiares debido a nuestra identidad; al quedarnos sin hogar llegamos a las calles, donde muchas veces, nuestra única opción es el trabajo sexual, sin acceso a servicios básicos y por lo tanto, expuestas a un sinfín de violencias, siendo el transfeminicidio la mayor de ellas. En México, las trabajadoras sexuales callejeras están en la línea de fuego ante esta violencia, lo que convierte a este país en el segundo a nivel mundial con mayor tasa de transfeminicidios, solo después de Brasil.


Inicié esta documentación con la intención de que fuera un trabajo donde contara las experiencias de vida de otras mujeres trans sobrevivientes que superaran la esperanza de vida en México para las trabajadoras sexuales, que es de 35 años. Con el tiempo me di cuenta de que esta búsqueda, se trataba más de algo personal. Cuando escapé de mi casa tenía 13 años, sí, para poder vivir mi identidad trans, pero también huyendo de la violencia familiar: un padrastro golpeador, un papá adicto y una mamá que me llevaba a una iglesia a la fuerza con un líder religioso para “curarme”.
Ya en la calle, donde ofrecía mi cuerpo para sobrevivir, muchas veces me acostaba con hombres solamente para poder ir a un hotel y tener dónde dormir. En ese entonces tenía un amigo callejero con quien iba a pasar el día a una biblioteca, donde además de tener acceso a una computadora e internet, también leíamos libros, entre ellos «El vampiro de la colonia Roma», donde se relata la vida de un prostituto masculino. Inspirada en ese libro, empecé a escribir un diario que eventualmente perdí, pero convirtiéndose en la antesala de este proyecto.


Esta serie se convirtió en una obra donde, a partir de otras mujeres trans, contaba mi propia historia. El uso de espejos no es una decisión estética, sino una analogía de cómo me veo reflejada en esas mismas vivencias. Retraté a 40 mujeres trans y los espacios que habitan en la capital del país, la periferia y la frontera, en Ciudad Juárez. Este trabajo se logró gracias a una beca artística (Jóvenes Creadores) que obtuve durante un año, y es la afirmación de que el apoyo a este tipo de trabajos es crucial para la creación y continuación de estos.


Aunque obviamente tengo referentes en la fotografía, este proyecto estuvo principalmente inspirado por una canción: «La promesa», de Lila Downs. No habla de nosotras ni del hogar, pero la traduzco a partir de ese sentimiento que envuelve nuestra vivencia: un hogar roto, abandonado, la búsqueda de él y la compleja relación que tenemos con los espacios que habitamos, incluido nuestro cuerpo.


«La promesa»

Esta pieza proviene del proyecto «Hogar en Tránsito» y se originó a partir de una rosa que le regalaron a Kendall durante una celebración de la Santa Muerte en Tepito. La artista la fotografió sobre la sábana donde duerme y luego la imprimió en una manta, un símbolo de refugio. Después, arrastró la manta por las calles donde, a los 13 años, ofreció su cuerpo para sobrevivir tras huir de su hogar para vivir su identidad trans. Un ejercicio de duelo que resignifica ese territorio a través del cuerpo y la memoria.


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